Si con alguien me he sentido yo en mi máxima expresión, ha sido contigo.
Sabes (o quizás no del todo) que una parte importante del desarrollo y expansión de mi sexualidad surge porque te cruzaste en mi vida y has formado parte de ella desde entonces. A veces, de forma presencial, aunque la gran mayoría ha sido en esa distancia sutil que, sin embargo, nunca ha dejado de ser un vínculo.
Dudo que seas consciente de todo lo que provocas en mí. Es algo que escapa a las palabras y se instala en un territorio más íntimo que es difícil de nombrar.
Y no, no es amor, al menos no lo es en su forma más convencional y romántica. Pero tampoco voy a negar lo evidente: eres muy importante para mí. Podría decir que te quiero, sí, pero de una forma que no necesita etiquetas ni definiciones conocidas. Lo que me haces sentir pertenece a otro lenguaje que aún no he podido descifrar. Un lenguaje más cercano al deseo que al amor.
Durante mucho tiempo he reflexionado sobre esto. Sobre los encuentros, las ausencias, las personas que atraviesan nuestras vidas y dejan huella en nuestro deseo. Y no consigo separar mi deseo más esencial de lo que tú has despertado en mí.
Porque contigo no necesito la cercanía constante, ni la continuidad, ni siquiera tu presencia permanente. Pero cada vez que nuestros caminos se cruzan, (porque así lo siento, como instantes fugaces y precisos) algo en mí se enciende. Surge el erotismo, no como un impulso pasajero, sino como una forma de reconocerme. Me haces habitar mi lado más hedonista y mi creatividad erótica contigo cerca se despliega sin freno (de ahí que alguna vez te haya dicho eso de: "qué puta me haces y soy contigo!")
Entonces te pienso: en mil formas y en mil escenarios.
Y me permito buscar, crear, abrir más espacios donde explorar ese yo que contigo cobra otro sentido.
Porque el deseo hacia ti nunca desaparece. Siempre ha permanecido latente, esperando apenas una chispita para arder con una intensidad que me desarma.
Quizás el deseo sea eso: ese espacio compartido (real o virtual) donde dos personas pueden mostrarse sin restricciones, sin reservas ni tabúes. Donde abrirse no implica vulnerabilidad, sino reconocimiento. Donde sentirse vista alimenta el hecho de querer mirarse más, multiplicando las ganas.
Creo que esto es lo que me mantiene enganchada a ti: Que cuando te miro, me encuentro. Y cuando me encuentro, inevitablemente, apareces tú.
Y aunque seamos distintos, ajenos, a veces, incluso, lejanos… hay algo que siempre nos sostiene en ese lugar invisible donde coincidimos. Un espacio propio, casi clandestino, donde sabemos (sin necesidad de decirlo) que siempre volveremos a encontrarnos.
¡Y qué bonito tenerte en mi vida!
No hay comentarios:
Publicar un comentario